Kevin Serrano, AragonSport.com

Vivimos en una época en la que el centrocampista ha asumido una responsabilidad bestial. Es el único jugador dentro de un orden futbolístico que participa en todas las fases del juego. Ataca y defiende, aporta estabilidad a la par que criterio, genera salida y repliegue, da velocidad y contemporiza, ríe y llora…

Es una posición que cobra mayor trascendencia a cada nuevo paso, en cada nuevo estilo. El fútbol moderno bien podría calificarse como fútbol medular, y sus ejecutores, como los nuevos dueños del deporte rey. Hemos visto reconvertir centrocampistas en defensas o ‘falsos nueves’, los equipos les otorgan unas responsabilidades cada vez más determinantes al mismo ritmo que aumentan el número de efectivos sobre el césped, en definitiva, el fútbol, es para los que saben.

El Real Zaragoza tiene un problema en esta zona, un bendito problema. Tras varias temporadas en las que el centro del campo se sostenía con hilos muy finos, esta campaña todo cobra otro sentido. Los referentes medulares son numerosos, y variados, en cuanto a sus características, abriendo un enorme abanico de posibilidades desde el cual intentar dinamitar a cada rival con las armas estrictamente necesarias. Pivotes defensivos, mediocentros posicionales, organizadores, llegadores, todoterrenos…  Las soluciones están, y el conjunto aragonés debe trabajar para aprovecharlas.

José Mari, Pintér, Movilla, Zuculini, Romaric, Apoño, e incluso Babovic, engordan la superpoblada nómina de centrocampistas blanquillos. La diferencia táctica y técnica entre cada uno de ellos, enriquece de una manera sublime el umbral de rendimiento. El número aumenta el nivel, y por extensión, la calidad de prestaciones. Jiménez y su equipo deberán decidir por quien apuestan en cada choque, pero estamos seguros que el catálogo que tienen a su alcance, les hace mirar la temporada de una manera totalmente distinta a la pasada.    

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